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La democracia de Lula a Bolsonaro

La muerte de la palabra pública que no es extraña al sigo XX

Quizás como adorno, muchos de los programas de televisión de los años 50 y 60 reproducían la arrogancia, la pasividad intelectual y la credulidad como condicionantes del totalitarismo, aun cuando esos mismos programas portaban explícitos mensajes anti totalitarios, en efecto, poco se comprende del ascenso del nazi-fascismo y del comunismo sin tener en cuenta esas tecnologías industriales y verticales de la palabra, de la imagen y del sonido que fueron antes los periódicos y el cine, después la radio y la televisión, usadas como armas contra a democracia.

Tanto como algo se puede decir pasado en la historia humana, esas advertencias tienen toda la apariencia de haber datado en este inicio del siglo XXI, pero no porque se hayan desollado los peligros de la tiranía, sino porque, con las redes sociales, el espectro del despotismo emerge de aquello que nos parecía antes ser más frontalmente contrario, por presentarse como expresión de libertad y de democracia

La horizontalidad de la palabra y su circulación «en red», libre de las prohibiciones tradicionales y de los antiguos parámetros de aceptabilidad, así como no se entiende cómo pudieron difundirse los símbolos y las imágenes de los grandes dictadores de la primera mitad del siglo XX sin considerar su reproducción a escala industrial por los medios de masivos.

En Brasil, las nuevas condiciones propicias para la dirección de Bolsonaro, por supuesto, no se limitan al ámbito de las redes sociales como un modo social de la existencia a secas y tienen sus raíces en la historia política muy contemporánea, ya que, con estas nuevas condiciones, los sentidos de vocablos como «populista» o «autoritario» cambiaron a su vez de acepción, uno u otro ya fueron utilizados para caracterizar regímenes tan diversos como el Estado Novo, de Getulio Vargas, la dictadura militar y ahora, el gobierno Bolsonaro.

Basta, sin embargo, oír los pronunciamientos de Vargas o de los dictadores militares para difícilmente reconocer parentesco con el lenguaje bolsonarísta, la palabra de Vargas o de Médici o de Geisel jamás se proponía como mímica de lo que piensa y de lo que dice el «hombre del pueblo», ella podía a veces sonar como la de un padre dedicado a sus millones de hijos, pero de un padre que ocupaba un lugar definitivamente superior; es lo que sugiere la postura de Vargas durante las alocuciones en los estadios llenos de «pueblo» en los años 30 y 40.

Ella podía todavía ser la voz impersonal de los tecnócratas de la dictadura, con su dicción como inhumana, hablando en nombre del interés nacional para además de partidos y de ideologías, pero en ambos casos, estamos lejos de la precariedad de la palabra de Bolsonaro, portadora de una espontaneidad que apenas oculta su artificialismo: la de parecer por un lado palabra «popular», recién salida del almuerzo dominical, al mismo tiempo que ya nace visando «su impacto y su circulación horizontal” en las redes sociales.

Lula y Bolsonaro.
La verdad de las democracias se revela en el largo tiempo, lo que sugiere, por un lado, el posible equívoco tanto de anti bolsonarístas que temen un simple retorno al nazi-fascismo o la dictadura militar, con sus tanques y sus marchas de camisas negras; por otro, el de liberales por demás seguros de la «solidez de la democracia brasileña».

Lula no es Bolsonaro y viceversa…

En su autenticidad estudiada, este lenguaje populista, prolonga y profundiza el surco cavado en la vida pública por aquel discurso de que la nueva derecha se presenta como la principal antítesis: del gobierno del PT, que se abre por la ceremonia por así decir de redención popular que fue la posesión de Lula en enero de 2003, con las televisiones del país tomadas por imágenes de multitudes sumergiéndose en los espejos de agua en Brasilia y amontonándose a las puertas de los palacios.

Era el triunfo de la mitología de la turba empoderada, confirmando aquella observación de Tocqueville de que el respeto a las formas es una carga para las democracias seguras demasiado de sí, «esa misma época lulista termina con la euforia del PIB y con las declaraciones de Lula de que Brasil, en fin, se reunió consigo mismo», como si durante su gobierno, y en su persona, hombre del pueblo, el país finalmente hubiera realizado su destino.

«Nunca antes en la historia de este país», una formulación que no sólo relegaba las contribuciones de dirigentes y de generaciones anteriores, confundidas en la misma designación de «élites», como también daba muestras de excesiva autoconfianza, ignorando la triste historia brasileña de explosiones crecimiento seguido de largos estancamientos, pero mientras tanto, durante los dos mandatos de Lula, el discurso oficial fue desnudo de mucho de aquello que, incluso en nuestros momentos de populismo más agudo, cargaba de vertical, de propio y de distinto de lo que se dice en el cotidiano.

En la boca presidencial, palabritas, expresiones familiares, metáforas banales o la reproducción de prejuicios y de ideas comunes bajo la apariencia de parecer «populares», de comunicarse con «el pueblo», la flor de las impropiedades lulistas es rico, gran parte de la quiebra del discurso de Dilma se puede informar a su intento, su pura apparátchik, de emular la «espontaneidad» inimitable de Lula, tanto es así que la sintaxis y la semántica de la ex presidenta se enfrascaban menos cuando ella asumía la propia voz algo profesoral que cuando intentaba hablar «como y con» el pueblo.

Los escándalos, la crisis económica, además de estos factores, es en el sentido discursivo que el lulismo, diverso del bolsonarísmo bajo tantos otros aspectos, acabó legándole condiciones favorables: al mandar por los aires las trabas de la palabra pública y al hacer pasar impropiedades bajo el pretexto de franqueza, de fidelidad al sentir «del pueblo», se degrada así tanto la representación del poder como la de la propia población de que el poder se pretendía siervo e imagen y allí, la mitología de la turba empoderada desde entonces sólo hizo cambiar de camiseta.

Lula no es Bolsonaro, en el mejor de los casos, la agresividad verbal de Bolsonaro no es suficiente para rechazar un electorado progresivamente acostumbrado a una palabra degradada en la política y el entretenimiento de masas; en la peor, constituye incluso uno de los mayores atractivos de su persona, se puede tal vez remitir ese recrudecimiento de la violencia retórica en el paso del lulismo al bolsonarísmo a diferencias tanto de constitución psicológica entre los dos hombres como de los grupos a que pertenecen, sin embargo, ciertamente contribuye a esa radicalización la conexión mucho más estrecha de Bolsonaro con las redes sociales, que modelan su discurso al mismo tiempo que las modela y que ellas lo reproducen, como en un corredor de espejos.

Es en su relación con los medios sociales que la figura de Bolsonaro gana una significación menos brasileña y parroquiana, además de lo que tiene de continuidad y de negación en cuanto al lulismo, ella acompaña una tendencia global que atraviesa regiones de cultura y de desarrollo humano muy distintas, unidas entretanto por su entrada de pleno en la última modernidad representada por las redes sociales.

Puede ser el caso del nacionalista hindú Narendra Modi, primer ministro indio, que se propone restaurar a hierro y fuego la identidad religiosa del país a expensas de las existencias sociales y civil de las minorías musulmanas, garantizadas otrora por el ideal pluralista que presidió la Independencia, en 1947.

También fue el caso de Donald Trump, que siguió dos años después de Modi la misma táctica por Twitter, encontrando el mismo éxito, aunque con un discurso más brutal y menos articulado que el de líder indio, esta «palabra libre» de Trump, a su vez, mostró el camino al éxito de Bolsonaro en Facebook y en el WhatsApp, y es significativo que ambos hayan elegido como modelo de sus intervenciones públicas una indignidad intelectual y lingüística que ellos mismos atribuyen al hombre común.

Sea porque esa palabra toque verdaderamente las cuerdas de una parte más y más brutalizada del electorado, sea porque ella misma alimente la brutalización que ella anuncia, el hecho es que la estrategia funcionó y los lazos de identificación entre los electores y el líder que los interpela como individualmente y en su supuesto lenguaje a través de las redes sociales se han revelado como fuente de una fidelidad renuente.

Fuente
BBC

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